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¿Qué les pasa a los colombianos?


Juan Manuel Santos, Premio Nobel de la Paz.
La explicación simple que surgió tras el “No” de la mayoría de una minoría de colombianos a la firma de la paz, fue que los adversarios del “Sí”, no admitieron las cláusulas del convenio entre la guerrilla y el gobierno. Y tuvieron razón. Las FARC fueron durante el conflicto de más de 50 años, esmeradamente violentos, como lo fueron los paramilitares y el mismo ejército constitucionalmente constituido. La firma de la paz debió incluir protocolos equitativos para, además de amnistiar, sancionar masacres, desapariciones forzadas, secuestros, ejecuciones sumarias, asesinatos colectivos y específicamente dirigidos, provenientes de todas las partes involucradas en el conflicto.
Las experiencias de El Salvador y Guatemala fueron notoriamente ilustrativas en cuanto a parcialidad e injusticia. Los ciudadanos de ambos países aceptaron los términos de la pacificación ante la falta de herramientas sociales y jurídicas que les permitieran expresar descontentos, conformidades y condicionamientos particulares. En el segundo país se montaron escenarios
aparentemente justiciables, pero solo para ciertos sectores y personajes, lo que terminó siendo una cacería de brujas sin escoba ni brebajes malignos, a pesar que en todos los casos, no se trató de “brujas”, sino de seres demenciales surgidos de odios contratados o por lo menos, consensuados.
Dicho de otra forma, fue la pasada de un racero poroso que absorbió, por intenciones políticas, los pecados de unos, dejando pasar los de otros, sin que ello signifique la absolución de éstos, pues el análisis minucioso de la historia demuestra que fueron tan malos los de al lado, como los de enfrente. Se trató de acuerdos en los que no se tomó en cuenta la postura ciudadana. Fueron pactos impositivos, sin más ni menos que como lección de pronto aprendizaje, nos muestra un panorama incierto para ambas partes, pero más, para los guatemaltecos que siguen viviendo las mismas condiciones que abrieron la puerta a la razón para la guerra.
Pero, ¿qué arrastró a los colombianos a rechazar acuerdos de paz que, por lo menos en la teoría, les garantizaba un renacer como país? En todo el mundo flota la pregunta del por qué, una nación asolada por la guerra, de pronto se opone a la paz; ¡es un contrasentido a la lógica! ¿Fueron realmente los términos de las actas firmadas para el cese definitivo al fuego lo que desató el malestar de los colombianos?
El problema de fondo parece ser un asunto sociológico. Generacional. Si nos atenemos a los cuantificados sociales, podríamos hablar de varias generaciones que crecieron en medio de una guerra infausta. Aunque no hay un parámetro exacto para definir a una “generación”, hay hipótesis que apuntan a constituirlas de entre 10 y 30 años. De esa forma estaríamos hablando de dos a/o cinco generaciones de ciudadanos que se formaron en medio del fulgor de una guerra fratricida que convirtió el saldo de violencia extrema y muerte, en cultura… O subcultura con dominio absoluto sobre el sentido humano de cualquier designio de pacem incorruptam.
Para entender el “No” de un porcentaje disminuido de colombianos (los votantes apenas superaron el 30 por ciento de los electores legalmente autorizados) hay que también, entender a Karl Mannheim y su contexto generacional que, a juicio suyo, marca la dependencia de determinados grupos humanos; es decir, quienes nacieron en el periodo de guerra (52 años), ven ese fenómeno como una parte sustancial de sus intereses comunes. La guerra, la violencia y la muerte, son parte de su condición social e inconscientemente, ven su ausencia como una falta vital dentro de su entorno.
Algunos antropólogos coinciden que las circunstancias pueden volverse costumbres, las costumbres tradiciones y las tradiciones, ritos; lo vemos a menudo en la práctica religiosa e incluso, en las cuestiones sociológicas, donde un partido de fútbol, por ejemplo, se vuelve tradición inatacable. Los colombianos mismos no vivirían sin el clásico Santa Fe-Millonarios, o Millonarios-Cali.
Mucha gente nacida de 1964 a la fecha, tiene como punto de referencia, su propia sobrevivencia, la guerra, la violencia, los secuestros, las masacres. Se habían acostumbrado tanto a ese estilo de vida, que muy probablemente, fue el combustible emocional ése, el que los arrastró a votar contra un nuevo estado: el de la paz y la armonía.
Y no es que estén locos, que estén mal; fue su proceso de formación. Es como cuando le enseñan al niño a tener la costumbre de persignarse al pasar frente a una iglesia. Quizá lo haga —ya de joven o maduro— sin fe ni convicción, pero lo hace por mera costumbre. He leído severas críticas a los colombianos, en diversos medios de comunicación del mundo, por ese incomprensible voto contra la paz. Algunos textos muy sesudos y otros, tan simplistas que no alcanzan el estatus de argumento.
En la misma Colombia de Isaacs, García Márquez, Pombo, Obeso, Eustacio, Botero, he leído con pena, epítetos como “retrógradas”, a quienes votaron contra la paz. La utilización misma de tal adjetivo (y muchos otros descalificativos), es un abono a la discordia, a la incomprensión, a la insensibilidad social e histórica de un país que busca alejarse de los cotidianos baños de sangre y desolación.
Para entender el “No” a la paz, hay que entender a las últimas generaciones de colombianos. Los términos de los acuerdos, pueden ser perfectibles. La postura de dos expresidentes (Andrés Pastrana y Álvaro Uribe), habrá qué ser entendida en función de sus propios intereses. Y éstos, a juzgar por sus discursos, no se acoplan a una Colombia harta de violencia y muerte.
Por sobre los comunes intereses de dos hombres que tuvieron la oportunidad de pacificar a Colombia y prefirieron no hacerlo, debe estar la paz de los colombianos; el futuro de una nación que no merece ser crucificada por meros malos entendidos y malas explicaciones. Para acentuar la paradoja, el Premio Nobel de la Paz, alcanzó a Juan Manuel Santos, presidente del país que dijo “No” a la paz.

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