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Mostrando las entradas de marzo 26, 2007

Historias de la cárcel

Tarzán, el diablo y la libertad

–Ver al diablo en persona es un privilegio de pocos locos como yo, mi jefe–, me dijo una mañana Tarzán, un antiguo prisionero que a sus 40 años, tiene tantas arrugas en la cara como delitos cometidos. Sus manos entumecidas por el frío de febrero, apenas se distinguen entre callos y nudos que esconden las gruesas uñas. El cuerpo enjuto y la mirada siempre alegre, hacen de ese hombre un personaje especial en el módulo Conyugal, donde convivimos los doce reos aquí asignados.
Para Tarzán (jamás responde cuando se le llama por su nombre) no existen los imposibles ni los inconvenientes y es a él a quien todos los prisioneros recurrimos para conseguir cualquier cosa que haga falta para sobrevivir entre los muros.
Parado en el umbral de la celda 18 que me fue asignada, tirita con extraña violencia bajo la raída camisa beige del uniforme, tratando de calentar sus manos con el aliento de su boca, donde la ennegrecida dentadura contrasta grotescamente con la sonrisa…